Debate sobre la inclusión y comercialización del autismo: el caso de la nueva Barbie de Mattel

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Mattel ha provocado una considerable discusión con la introducción de su innovadora Barbie autista. Esta iniciativa, desarrollada en colaboración con la Red de Defensa del Autismo (ASAN) a lo largo de dieciocho meses, pretende ofrecer una representación y celebración de la comunidad autista. No obstante, las opiniones están divididas: para algunos, representa un avance crucial en la visibilidad del Trastorno del Espectro Autista (TEA), mientras que para otros, simboliza la mercantilización de la inclusión, transformando una condición humana en un producto de consumo.

El 12 de enero, la reconocida empresa juguetera Mattel presentó al público su más reciente creación: una muñeca Barbie diseñada para representar a individuos con autismo. Este proyecto, surgido de una colaboración de año y medio con la Autistic Self Advocacy Network (ASAN), tuvo como propósito primordial visibilizar y honrar a esta comunidad. La compañía puso especial atención en cada elemento de la muñeca. Mattel destacó que, dado que el autismo puede afectar la motricidad fina, la muñeca tiene el cabello suelto y viene con auriculares con cancelación de ruido, que no son meros accesorios, sino herramientas que le permiten relajarse ante una sobrecarga sensorial. Además, la Barbie cuenta con articulaciones en codos y muñecas para permitir movimientos como el stimming, una mirada ligeramente desviada para reflejar la evitación del contacto visual directo, y accesorios funcionales como una tableta con aplicaciones de Comunicación Aumentativa y Alternativa (AAC) para facilitar la expresión. Esta muñeca se suma a las más de 175 figuras que componen la colección Barbie Fashionistas, que promueve la diversidad y ofrece un universo de posibilidades para la imaginación y la experimentación con la moda. Mattel afirma que esta línea inclusiva ayuda a los niños a descubrir el placer de manifestar su individualidad a través de la indumentaria.

A pesar de su intención positiva, la revelación de la muñeca Barbie autista desencadenó una avalancha de reacciones y controversias debido a sus profundas implicaciones. Mientras algunos profesionales enfatizan la relevancia de aumentar la concienciación sobre el Trastorno del Espectro Autista (TEA), otros critican la posibilidad de su instrumentalización. La doctora Lina Morera, especialista en neuropsicología, considera el lanzamiento como un acontecimiento positivo. Argumenta que la Barbie no constituye un estereotipo, ya que no limita el autismo a una "única forma de ser" ni trivializa los apoyos necesarios. Aunque la muñeca incorpore elementos como auriculares o fidgets, esto no implica que todos los autistas los utilicen, sino que visibiliza una realidad científica: muchas personas con autismo requieren estrategias de autorregulación sensorial y ayudas para comunicarse o desenvolverse en entornos exigentes. Para Morera, el valor reside en el mensaje neuroafirmativo que transmite: el autismo es una realidad diversa que merece reconocimiento sin vergüenza ni la necesidad de una constante corrección. Por su parte, Karen Strauch, psicóloga especializada en autismo, TDAH y AACC, subraya que, aunque la muñeca no abarque todo el espectro, sí abre un espacio para discutir el autismo, la diversidad y los apoyos desde la infancia, prestando especial atención a las mujeres dentro del espectro. La inclusión, según Strauch, no implica representar la totalidad, lo cual sería imposible, sino fomentar una nueva perspectiva.

Melissa Cruz, psicóloga y consultora en TEA y neurodiversidad, adopta una postura más crítica ante esta iniciativa. Argumenta que no deberíamos esperar que una sola Barbie represente la complejidad del autismo, de la misma manera que no representa a todas las mujeres. El verdadero problema radica, según ella, en la "comercialización de la inclusión y su representación simplificada". Considera que se ha pasado de la idea de que "todos son diferentes y no pueden ser representados" a "representemos a todos, pero con un conjunto de rasgos estereotipados que sean comercialmente atractivos". Esto, para Cruz, no es verdadera visibilidad, sino una homogenización. Añade que lo que se observa no es el autismo en sí, sino un producto de entretenimiento y consumo, diseñado para mostrar solo las características que menos incomodan al mercado, un autismo "ligero" que sea vendible. La representación, concluye, carece de sentido si no impulsa cambios reales. De nada sirve aparecer en pantalla si esa imagen no transforma perspectivas, estructuras o prácticas, independientemente de si la Barbie gusta o no. Ghilian Navea, profesora, psicóloga y activista, invita a la reflexión con una pregunta retórica: "¿Realmente nos sorprende que la muñeca que nos enseñó a tener más piernas que ganas de vivir y menos cintura que comida en el plato promueva estereotipos?" Para Navea, cualquier Barbie de su infancia podría haber sido autista. Aunque no le molesta intrínsecamente la nueva muñeca con hipersensibilidad auditiva, zapatillas planas y comunicación alternativa, considera que "cae en el estereotipo y es una forma de capitalizar el autismo". Señala que una empresa estadounidense icónica, como Mattel, tiende a capitalizar diversos aspectos, y si no lo hace, entonces su propósito es cuestionable. En última instancia, la nueva Barbie reaviva el debate sobre la necesidad de crear juguetes que abarquen la diversidad humana. Empresas como LEGO ya han introducido personajes con distintivos para representar discapacidades ocultas, incluido el autismo, en sus sets, con el fin de que los niños tomen conciencia de la diversidad más allá de las apariencias físicas.

El lanzamiento de la Barbie autista por Mattel ha suscitado un diálogo crucial sobre la representación de la diversidad en los juguetes. Si bien la iniciativa busca promover la inclusión y la visibilidad del autismo, también plantea interrogantes sobre la autenticidad y la posible instrumentalización de estas condiciones para fines comerciales. La discusión subraya la necesidad de un enfoque equilibrado que vaya más allá de la mera representación, impulsando cambios estructurales y una comprensión profunda de la neurodiversidad, evitando así que la inclusión se convierta en una estrategia de marketing.

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